jueves, 20 de junio de 2013


Adoro vivir en el campo. No en la ciudad ni en el pueblo de no ser que este último tenga una treintena de habitantes máximo.

Me da igual en el norte con su día si y día también de lluvia, el pirineo con la nieve profunda en invierno y permanente en las cumbres, cerca del mar pero de uno que no tenga playas y chiringuitos.

Adoro el silencio y el latir de la naturaleza.

Vivimos rodeados de ruido. Los frenos de los autobuses que se clavan en tu cerebro hasta aturdirlo durante unos minutos. Los pacientes de cualquier centro de salud que parece que padezcan como única y común enfermedad haberse tragado un altavoz. A menudo me pregunto cómo los médicos no se niegan a pasar consulta en semejantes condiciones.

El murmullo de dos viajeros comunes que acaba siendo un dialogo telenovela para el resto de los viajeros.

Las obras, las podas, las maquinas de limpieza, el camión de la basura o peor el camión de reciclado de vidrio.

Un coro de estruendos a los que vivimos acostumbrados tanto es así que hablamos no para quien tienes al lado sino para el resto del bar también.

Los partidos de futbol que tanto daño hacen a los oídos de los sufridores y a las gargantas de los aficionados.

Sólo hay un sonido que mis oídos resisten y hace saltar algo dentro de mí, la música bien interpretada y a su justo volumen y un patio de colegio en hora de recreo.

Adoro el campo, el piar de algún pajarillo, el saludo amable de la vecina, del cartero de la tendera del colmado y el silencio que es dónde encuentro la paz y mi  inspiración.

Adoro el silencio, ¿alguien quiere compartirlo conmigo?

1 comentario:

  1. Totalmente de acuerdo Cris: En general no sabemos valorar el silencio, parece que tenemos miedo de quedarnos a solas con nuestros pensamientos, con nuestros sentimientos, con nuestras sensaciones. No sabemos divertirnos sin ruido (verbenas y conciertos necesitan un ruido excesivo para la salud para triunfar) y encima lo imponemos a los demás sin importarnos su opinión )ya se acercan las fiestas veraniegas de los barrios). Por todo ello ¡viva el campo!

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