Tras un día largo el de ayer y
una noche eterna e insomne lo que más recuerdo del gran maestro son sus
abrazos. He sido una privilegiada y he formado parte de su vida profesional y privada
casi veinte años. Cuando alguna vez la vida nos separaba fueran meses, semanas
o tan sólo un día al reencuentro me daba un abrazo fuerte, prolongado, sincero,
protector y reconfortante. Me hacía sentir en ese minuto todo lo que sentía por
mí y que siempre podría acudir a refugiarme en su abrazo. Al principio yo reía porque no me alcanzaban
los brazos para rodearlo y como fueron pasando los años y la vida le pasaba
facturas yo lo rodeaba hasta que podía
agarrar mis manos en su espalda como si quisiera sujetarlo, atarlo a mi
persona. Sin embargo, al despedirnos no había abrazo. En la despedida yo solía besarle la frente con respeto e infinito
cariño.
Mariano me dio todo, me bautizo
con el nombre de Cris Cras porque le recordaba a una amiga francesa de su
juventud, me enseñó todo, el buen comer, el placer de fumar aunque ambos
terminamos por dejarlo, a beber champán, también a disfrutar del teatro… del
bueno y a su manera. Me regaló dibujos de su juventud, un poema, una preciosa
dedicatoria, parte de su sabiduría y el honor de enseñarle algo nuevo o
aprender juntos los entresijos de los programas informáticos. Los bolos con él
era una excursión familiar dónde cabía bañarse en el rio, visitar algún
monumento, perder la escenografía y ganar en el bingo del pueblo. Teatro y
familia conjugaban con el trabajo bien hecho y la diversión. Cuando el teatro
de mi vida se convirtió en otra cosa lo dejé y Mariano me dio su beneplácito.
Allá dónde fui siempre vino a visitarme
como un padre que se ocupa de su retoño. Siempre preocupado si tardaba en verme
demasiado. Sólo él me hacía sentirme importante porque todas las ideas me las
contaba y contaba conmigo para todas sus ideas. Ayudante de dirección a su lado
pasé grandes momentos y conocí grandes actores pero no creáis que le ayudaba
dirigiendo…no. Mi labor era mucho más prosaica. Tomar notas, tener el estanco
lleno y en verano comprarle sus calipo de lima-limón. Pero eran momentos
especiales. Si por cualquier razón no podía ayudarle me hacía un mohín pero siempre
me entendía.
Me gustaba colocarme en el suelo a
su lado cuando se sentaba en el sofá y preguntarle sobre su historia, su vida
fue apasionante desde muy joven y tan original como él mismo.
Pero sin duda el mejor Mariano era cuando su Marisol estaba a su
lado. La amaba, Mariano era porque Marisol era con él. Y, Bucho, tan parecidos,
tan diferentes. Y es esto el mejor regalo que Mariano me ha dejado dejarme
entrar en su familia y quedarme. Dejarme a Marisol gran amiga y confidente y un
hermano, Bucho con quien he compartido bolos, risas, buenos y malos momentos.
El último día que lo vi como
siempre me senté a su lado, como siempre, para comer y le recordé que me debía un
retrato, me contestó con un vago si con una retahíla de pegas mientras miraba a
su nieta. Lo mire atentamente y supe que Mariano era ya un hombre feliz jugando
con su niña y que estaba más cerca de ella que de nosotros. Eso si esta vez
también hubo abrazo en la despedida. El último abrazo de un hombre que cambió
mi vida y me enseñó a vivirla.
Cris Cras
Cristina París
