Estaba tranquilo dando un paseo
pensando en el último de mis amigos que se habían llevado. La incertidumbre nos
comía por dentro pero no hablábamos de ello. Pasaron por nuestro territorio
compañeros de otras razas, pacíficos esta vez pero teníamos que temerlos por si
venía el día de la elección.
Me daban pena porque eran
agradables y creo que ellos también sufrían.
Finalmente llego mi día me dirigieron
sabiamente a una zona junto a 6 compañeros y nosotros que siempre vivimos bajo
el sol o las estrellas entramos en un recinto pequeño y oscuro. Nada más que
por unas rendijas se vislumbraba algún rayito de sol.
Pasó el tiempo y el rayito de sol
se esfumó. Estábamos incómodos, asustados… y de repente se abrió la puerta.
Allí pasamos temerosos la noche en un recinto cercado.
Bien temprano por la mañana
escuchamos gritos canciones y seguimos sin entender nada. Se hizo el silencio
abrieron el cercado y comenzaron a apalearnos. Corrimos sin comprender ,una masa
de gente corría a nuestro alrededor, uno de mis compañeros se quedó rezagado y
no tuvo más remedio que defenderse…al final un circo de arena y al chenil. En
ese momento llegó la elección. 6 que sí y un compañero sobrero.
Eran las cinco de la tarde hacía
mucho calor. En mi chenil completamente oscuro seguía preguntándome si esto era
un juego, ¿Qué esperaban de mí? ¿Qué debía hacer? Pronto lo supe, de nuevo se
abrieron las puertas y un fuerte sol me deslumbró, corrí desorientado hasta que
alcance a ver algo que se movía y fui hacia allí. Este era el juego, yo tenía
que acertar a pasar bajo un manto de colores mientras una persona lo movía y
recibía ovaciones si yo lo hacía bien. Si le divierte lo haré perfecto- me dije.
No era un juego, aparecieron dos
personas más con unos palitos que me clavaron en el lomo…sentí un terrible
dolor y por un momento caí de bruces al suelo, al momento otra vez el manto
esta vez rojo como mi sangre. Los palitos se movían al compás de mis pasos y el
dolor era cada vez más insoportable.
Entonces llegó un compañero de la
raza que atravesaba nuestros pastos. Le miré a los ojos y giro la cara, miré
más fijamente y se encontraron nuestras miradas, me miró con una profunda tristeza
y lo comprendí. Se me escapó una lágrima y me preparé para morir.
No se había acabado la diversión.
La persona que montaba a mi compañero de otra raza portaba una larga lanza y
también la clavó en mi lomo. Pensé morir pero la fuerza y el honor de mi raza
me instaban a morir luchando. Envestí una y otra vez aquel majestuoso caballo
procurando no clavar mi cornamenta. Sólo quería tirar a aquella persona cruel y
clavarle mis cuernos una y otra vez…pero no fue posible. El caballo me miro con lástima y el dolor
cuando salía de la arena.
Volvió el hombre del manto rojo
portando una espada. Un pase, otro pase, a lo lejos se escuchaba clamar “torero,
torero” y yo sólo oía mi respiración dificultosa. Deje que se confiara; cada vez
más cerca, un pase, otro pase y por fin en un quiebro hundí con todas mis
fuerzas uno de mis cuernos en su muslo. Pensé que caería al suelo pero mis
fuerzas estaban limitadas y el daño fue mínimo.
Suerte de matar. ¿Quién a quién? Saco
la espada y frente a mí, me engaño con la muleta y baje la testa… el golpe fue
certero pero no definitivo. Una vez más y yo seguía en pie. Había llegado mi
hora pero no iba a ser fácil. El torero se retiró y yo que caminaba intentando
mantenerme en pie finalmente me desplome, mi cuerpo iba perdiendo el alma,
las contracciones de mis extremidades ya no dolían miraba a mi maltratador y sonreí. Yo sangraba por el lomo, por la boca... no
pudiste conmigo- pensé. Lo último que vieron mis ojos fue al matarife acercándose con
el descabello. Luego un suave dolor y mientras perdía la vida el arrastre por
aquella arena. Yo dejé mi vida en la lucha y tú que te llamas artista del
torero quedaste con una cornada en el muslo y la vergüenza de un descabello.
Que bien lo has descrito. Todos se tenían que poner en el lugar del animal para poder sentir la realidad de esa tortura!
ResponderEliminar